La literatura chilena y la hispanoamericana había estado marcada hasta entonces por el criollismo, movimiento que venía desde fines del siglo XIX fuertemente influido por la relativamente reciente independencia de las naciones de América bajo el dominio español. Esto producía literatura épica y fundacional, de lucha contra los embates de la naturaleza o contra algún sistema jerárquico, que buscaba plasmar la realidad y establecer tesis sobre la sociedad.
En ese marco aparece el imaginismo. Con sus obras Barco ebrio, El último pirata y El matador de tiburones, Salvador Reyes da el puntapié inicial para romper con el esquema ya clásico del criollismo y exponer temas, personajes y ambientes totalmente diferentes. Otros escritores ya se inclinaban en esa dirección sin haberlo hecho público, como Luis Enrique Délano.[3]
Con su irrupción en escena, el imaginismo planteó la cuestión del objetivo de la literatura y la función del escritor. Manuel Vega, crítico literario de la época, abogaba por el estudio minucioso, por parte del escritor, de la realidad de su país para reproducirla lo más fielmente posible en sus obras. A su juicio, el flamante imaginismo era una forma de evasión.[4]
Por otro lado, Hernán Díaz Arrieta, más conocido como Alone, celebró la nueva tendencia pues lograba -a su juicio- el objetivo final de la literatura: Emocionarnos, "hacernos sentir, pensar e imaginar", para lograr que nos conozcamos a nosotros mismos y a nuestro semejante.
En el medio de este debate, Salvador Reyes declaró:
Evadirse de la realidad vivida es el supremo deber del artista
Salvador Reyes.
Entre 1914 y 1917 un grupo de poetas norteamericanos e ingleses, con Ezra Pound a la cabeza, publicó cuatro antologías anuales que reunían poemas del mismo Pound, Hilda Doolittle (H. D.), T. E. Hulme, Marianne Moore, F. S. Flint, Richard Aldington, Edward Storer, Amy Lowell, John Gould Fletcher y William Carlos Williams. La primera, que aparecería en marzo de 1914 con el título Des lmagistes, incluía poemas de Cournos, Hueffer, Upward, Joyce y Cannell (más adelante se incluiría también a D. H. Lawrence), quienes no pertenecían realmente al movimiento. En 1915 se publicaba su manifiesto y una quinta antología en 1930.
Más que constituir una escuela, el grupo buscaba reunir a jóvenes poetas interesados en una nueva poética y que consideraban necesario revitalizar el lenguaje simbólico. Para hacerlo tendría que recurrirse, según ellos, a la rigidez clásica, a la impersonalidad y a la objetividad total, así como a otras formas poéticas como el tanka y el jaikú japoneses, la antigua poesía china y el verso libre de los poetas simbolistas franceses. El movimiento, que T. S. Elliot llegó a considerar como el punto de arranque de la poesía inglesa moderna, creó un reducido número de principios fundamentales que otorgaban a la imagen un valor primordial. Lo importante ya no sería la palabra ni la frase, ni el verso o la estrofa constituirían una unidad, sino que la forma sería la del poema mismo como totalidad.
Flint explicaba en su artículo “Imagisme” de la revista Poetry: “Su única tarea era escribir siguiendo las reglas de la mejor tradición, aquella de los grandes escritores de todos los tiempos: Safo, Catulo, Villon. Parecían no poder tolerar la poesía que no hubiera sido escrita conforme a estos preceptos y no aceptaban como excusa la ignorancia de dicha tradición. Tenían unas cuantas reglas, creadas solamente para ellos, y que nunca habían sido publicadas. Éstas eran:
Tratamiento directo de la “cosa”, sea subjetiva u objetiva.
No utilizar nunca una palabra que no contribuya a la presentación.
Respecto al ritmo, componer de acuerdo a la secuencia de la frase musical y no a la del metrónomo.1
Y Pound, por su parte, recomendaba en “A Few Don’ts by an Imagiste” lo que no debería hacerse:
“No utilizar palabras o adjetivos superficiales, que no revelen algo...
No repetir en versos mediocres lo que ya se ha dicho en buena prosa...
No usar ningún adorno, ni siquiera un buen adorno…
No estropear la percepción de alguno de los sentidos tratando de definirla en los términos de otro...
No pensar que el arte de la poesía es más sencillo que el arte de la música...”2
A los nuevos poetas no les interesaba compartir una misma visión del mundo, pero mantenían una similar actitud de oposición cuando se trataba de enfrentar los viejos prejuicios y convenciones. Si querían romper con un cierto orden (que en lo que se refiere a la poesía se había mantenido desde la época isabelina), no era para sustituirlo con otro que, a la postre, resultaría igual de restringido. Lo que reivindicaron para siempre y a pesar de la corta vida del movimiento como tal, fue la absoluta libertad del poeta, del individuo creador que en un momento privilegiado logra que su mundo interior, inmanente, irrumpa al exterior y tome forma gracias al poder de trascendencia del poema.
http://www.materialdelectura.unam.mx/ la poesia moderna.